En 1982, Citroën acababa de abandonar su sede histórica del Quai de Javel de París para trasladarse a las afueras de la ciudad, en la exclusiva localidad de Neuilly-Sur-Seine. La marca en ese entonces buscaba crear una alternativa rompedora en lo estético, que lograra conectar con las necesidades y los gustos de las personas y que mantuviera las señas de identidad de su identidad: prestaciones, confort y excelente comportamiento en carretera. Todo esto con el fin de sustituir al Citroën GSA .\r\n\r\nEn vísperas del Salón del Automóvil de París de aquel año, la marca apostó por ofrecer un gran espectáculo para dar a conocer así este nuevo modelo y hacerlo destacar entre la legión de novedades que se presentaron en aquella edición; y nada mejor que un lugar icónico para presentar un vehículo destinado a marcar una época: la Torre Eiffel.\r\n\r\nUna gran caja de madera quedó suspendida de primer piso de la Torre Eiffel el 16 de septiembre de 1982. En ella sólo se anunciaba que dentro se encontraba “el nuevo Citroën”. Para provocar aún más expectación, la caja misteriosa descendía unos pocos metros cada día. Finalmente, justo una semana después, se citó a la prensa al pie del monumento para el gran día. El entonces Presidente de Citroën, Jacques Lombard, fue el encargado de desvelar el automóvil que tanto se había hecho esperar: el Citroën BX.\r\n\r\n
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