Llegar al lugar en el que está tu moto. Colocarte el casco. Arrancar. Hemos grabado tan a fuego el proceso en nuestro cerebro que forma parte de nuestra rutina, como debe ser. Como el caso del conductor que cambia de marcha porque toca: con algo de experiencia al volante, no es preciso decirse a cada rato “reduzco a tercera” o “piso el embrague”. Son acciones casi mecánicas, como muchas otras que realizamos a diario.

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Nosotros nos ponemos el casco y una mayoría de conductores se sienta en su vehículo y abrocha el cinturón de seguridad antes de arrancar. Es una costumbre interiorizada ya (por fortuna), porque nos han enseñado que esa cinta nos puede salvar la vida.

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Ya casi no circulan -afortunadamente- motoristas sin casco. Nos alarmamos cuando encontramos a alguno con la melena al viento pilotando un ciclomotor o motocicleta. ¿Qué pensamos del conductor que no usa el cinturón de seguridad en un coche?  ¿Y de quién no protege a sus hijos cuando los sube a un vehículo?

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Viene la Dirección General de Tráfico de hacer públicos los resultados de una campaña de control del uso del cinturón de seguridad. En una semana, los agentes de la Guardia Civil localizaron a más de 3.000 usuarios que decidieron no abrocharse a la vida. Denunciaron también el caso de 206 de menores cuyos responsables obviaron los sistemas de retención. Algunos, sin ningún tipo de seguridad y ocupando el asiento del copiloto. Leer para creer.

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La DGT apunta que un 70 por ciento de estas infracciones se detectó en carreteras secundarias, precisamente, en las que se registran más víctimas mortales en accidentes. Hay quien se relaja en un desplazamiento corto, como si en una motocicleta, un coche o una bici no se expusiesen a peligros al circular en vías que no son autopistas, autovías o carreteras nacionales. Una idea equivocada y peligrosa: la seguridad vial es cosa de todos. Es un asunto que involucra a instituciones y a a cada persona que hace uso de la vía pública: peatones, ciclistas, motoristas, conductores de vehículos. Abróchate a la vida, sí; pero abrocha también a los demás. Merece la pena vivir para contarla, ¿no crees?